En Buenos Aires y distintas provincias, los colectivos volvieron a quedar en el centro de las celebraciones por el Mundial. Choferes que frenan para saludar, pasajeros que cantan desde las ventanillas y unidades rodeadas por multitudes forman una postal que se repite después de cada partido de la Argentina.
Termina el partido, la Selección gana y las calles comienzan a llenarse. Aparecen las camisetas, las banderas, las bocinas y los primeros cantos. En medio de esa multitud, casi como si estuviera escrito en el guion de cada festejo argentino, aparece un colectivo.
A veces llega lentamente, intentando atravesar una avenida ocupada por cientos de personas. Otras veces se detiene por completo porque avanzar resulta imposible. Entonces sucede algo particular: el colectivo deja de ser únicamente un medio de transporte y se transforma, durante algunos minutos, en parte de la celebración.
Los pasajeros cantan desde las ventanillas, levantan sus teléfonos para grabar y agitan banderas celestes y blancas. Algunos choferes hacen sonar la bocina siguiendo el ritmo de la hinchada. Otros frenan, abren las puertas, saludan o se suman por unos instantes a los festejos.
Las imágenes se repiten en distintos puntos de Buenos Aires y también en ciudades del interior del país. Cambian las líneas, los modelos de colectivos y las calles, pero la escena mantiene siempre los mismos elementos: una multitud celebrando y un vehículo que aparece en el momento exacto para convertirse en escenario, tribuna y símbolo urbano.
Una tribuna sobre ruedas
Durante los partidos importantes de la Selección, viajar en colectivo también se convierte en una experiencia diferente. Hay pasajeros siguiendo el resultado por sus teléfonos, relatos de radio que se escuchan en el salón y goles que desatan festejos espontáneos entre personas que, hasta ese momento, ni siquiera se conocían.
Después del encuentro, esa celebración se traslada a la calle.
Cuando el colectivo atraviesa una concentración, quienes viajan en su interior quedan automáticamente integrados a la fiesta. Desde afuera, la multitud saluda a los pasajeros; desde adentro, llegan los cantos, los aplausos y las banderas.
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Por algunos minutos desaparecen las diferencias entre quienes están viajando, quienes trabajan y quienes salieron exclusivamente a festejar. Todos forman parte de una misma escena.
En algunos videos incluso se observa a personas trepadas sobre las unidades o intentando subir a los techos. Aunque forman parte de las imágenes más impactantes, se trata de conductas extremadamente peligrosas, tanto por el riesgo de caídas como por la cercanía con cables, semáforos y otras estructuras urbanas.
La celebración puede convertir al colectivo en una tribuna improvisada, pero nunca debería poner en peligro a pasajeros, conductores o hinchas.
El vehículo que representa a la ciudad
No resulta extraño que el colectivo ocupe ese lugar. Pocos objetos están tan vinculados con la identidad cotidiana de las ciudades argentinas.
El colectivo lleva a los hinchas al trabajo antes del partido, los acerca a los bares donde se reúnen para verlo y los transporta hasta las avenidas, plazas y monumentos donde después se desarrollan los festejos.
Está antes, durante y después del encuentro.
Además, forma parte del paisaje emocional de Buenos Aires. Sus colores, sus carteles, el ruido del motor y el sonido de la bocina son elementos reconocibles para generaciones enteras. Por eso, cuando aparece rodeado de camisetas argentinas, no parece un elemento ajeno a la celebración: parece haber estado destinado a formar parte de ella.
El fenómeno tampoco se limita a la Ciudad de Buenos Aires. Las escenas registradas en distintas provincias demuestran que el colectivo cumple una función similar en cada comunidad. Puede tratarse de una unidad urbana, un minibús, un vehículo interurbano o un coche histórico, pero siempre termina integrado a la postal del festejo.
Choferes que también quieren festejar
Dentro de estas imágenes, los conductores ocupan un lugar especial.
Muchos continúan trabajando mientras las calles se encuentran repletas y deben avanzar con extrema precaución entre peatones, banderas, automóviles y motos. Sin embargo, también son hinchas y viven el partido con la misma intensidad que quienes están afuera.
Algunos conductores responden a los cantos con bocinazos. Otros sacan una bandera por la ventanilla o detienen la unidad durante algunos segundos para saludar a la multitud. Son pequeños gestos que convierten un servicio habitual en una escena memorable.
El colectivo sigue cumpliendo su recorrido, pero durante ese instante también parece decir: “Nosotros estamos festejando”.
Siempre aparece uno
En las grandes celebraciones argentinas hay elementos que nunca faltan: la bandera, la camiseta, el bombo, el canto y la avenida ocupada por una multitud.
Y también está el colectivo.
El que pasa lentamente entre los hinchas. El que queda rodeado por la gente. El que toca bocina. El que lleva pasajeros cantando. El que frena porque el chofer también quiere levantar los brazos y festejar.
No importa en qué ciudad se produzca la celebración ni qué línea atraviese el lugar. Cuando juega la Selección y las calles se llenan de alegría, siempre hay un colectivo que pasa, que aparece o que se detiene.
Porque en la Argentina el colectivo no solamente transporta personas.
También transporta historias, emociones y, cada vez que juega la Selección, una parte de la pasión de todo un país.







