Cuento mi viaje. A Alaska y el colectivo de la película «Into the wild»

Cuento mi viaje. A Alaska y el colectivo de la película «Into the wild»

Joaquín Zaldívar y Clara Oyuela recorrieron la geografía americana en una casa sobre ruedas, desde Ushuaia hasta Alaska. Aquí relatan el final del periplo con su paso por el lugar donde murió el joven idealista Christopher Mc Candless, cuya historia motivó a Sean Penn a filmar «Into the wild»

Cuando entramos a Tok, cerca del límite con Canadá, un banco local cumplía diez años y para celebrarlo ofrecía un lugar donde sentarse y comer hamburguesas a cualquiera que se sintiera invitado. Recibimos esa casual coincidencia como una más de la rutina de asombros. Fue después de pasar la aduana, que como siempre que se ingresa en un nuevo país, acarrea un cóctel de expectativas, incertidumbre y excitación. Si bien siempre miramos mapas y fantaseamos rutas, a esta altura nos dejábamos sorprender con lo que encontrábamos a cada paso.

Un mes en Alaska hubiera sido un gran viaje en sí mismo en cualquier otro momento de nuestras vidas, pero en este caso fue el epílogo perfecto de una aventura larga y extrema. Cuando llegamos a «La última frontera» ya llevábamos recorridos más de 55 mil kilómetros y 28 meses de vivir en movimiento perpetuo.

TOK: LA CIUDAD HOSPITALARIA

En el festejo del banco conocimos a Charlene, una adorable mujer inuit que, sin dudarlo, nos invitó a pasar unos días en su casa. Ella aprovechaba el fin del verano para hacer conservas de salmón y de frutas. Pasaría el largo y solitario invierno junto a su hermano, que se llamaba Joe, Simon, Willy o Carl… No lo sé. Porque, en su simpática y evidente locura, a cada uno de los presentes nos dio un nombre distinto.

Además de un cálido techo, vivir en su casa nos sirvió para aprender a hacer conservas de salmón rojo. Antes de nuestra llegada, los había capturado con un sistema de canastos y una rueda que pone en el río. Los cortó en tiras y entramos en escena a la hora de ahumarlos. Ella mantenía el fuego lo suficientemente encendido como para que no se apagara y también controlado para que no hiciera llama. Así estuvimos durante tres días, sin descuidarlo ni un momento para evitar, además, que las moscas lo echaran a perder. El último paso: envasarlo en frascos esterilizados.

Por ayudarla, Charlene nos pagó con una buena cantidad del preciado pescado ahumado. Y nos fuimos contentos de haber colaborado con ella y con su hermano para que tuvieran las provisiones necesarias para afrontar los meses de duro aislamiento.

HACIA RUTAS SALVAJES

Una vez que pasamos la militarizada ciudad de Fairbanks, una de las bases más grandes de Estados Unidos, vimos mil aviones de guerra (y no es un decir) al costado de la ruta. Nos hubiera gustado fotografiarlos, pero temíamos romper la regla que lo prohíbe.

Ahí notamos que estábamos cerca del lugar donde Christopher Mc Candless vivió sus últimos días. Chris, alias Alexander Supertramp, nos precedió por 20 años en su intento de dejar atrás una vida de consumismo para auto-descubrirse en contacto directo con la naturaleza. Esta actitud le granjeó un sinfín de admiradores, pero también de detractores. Cuando Jon Krakauer contó su historia en el libro «Hacia rutas salvajes», el bus y la vida del desafortunado joven se hicieron conocidos, pero recién en 2007, cuando Sean Penn adaptó el libro para el cine, la historia cobró fama mundial.

Por esta razón, en el apacible pueblo de Healy, la mayoría de los habitantes es reacia a compartir detalles de la historia y, más aún, a dar explicaciones de cómo llegar al lugar de los hechos. El consejo más habitual en la zona era que debíamos ir con guía. E, incluso, que no lo intentáramos porque el rescate en helicóptero costaba cien mil dólares.

Desoí las advertencias y, más por curiosidad que por rebeldía, conseguí que dos amigos me acompañaran. Aprovisionados de spray anti-osos (se acciona cuando el mamífero se encuentra a menos de tres metros) y un par de trucos para evitar encuentros cercanos (como, por ejemplo, hablar en voz alta y haciendo ruido), partimos a las cinco de la mañana. Dejamos las camionetas y nos lanzamos al recorrido de 30 kilómetros.

En el camino tuvimos que meter los pies descalzos en una inmensa represa construida por los castores. El dolor que provocó el frío se hizo insoportable, pero no hubo más remedio que seguir andando hasta donde el suelo no tuviera más agua. Así pasó el día hasta que llegó el momento del cruce del río Teklanika: el mismo que Christopher no pudo atravesar por su caudal, cuando había decidido que el tiempo de aislamiento había sido suficiente. Lo cruzamos con un poco de tensión, pero sin sobresaltos.

Cuando llegamos hasta el bus eran casi las nueve y el sol todavía brillaba alto; en el verano de Alaska, la puesta del sol suele darse pasada la madrugada. Fue sobrecogedor estar ahí, donde alguien -una persona como nosotros- había muerto mientras buscaba una manera de vivir más auténtica, más a su manera… Al margen de las críticas que se le hicieron por imprudente o egoísta.

Pasamos la noche dentro del bus, con algo de lluvia. Ese era nuestro mayor temor: la advertencia más seria era que el río podía crecer y obstruir nuestro regreso. Por eso, hasta que no lo vadeamos con éxito, estuvimos un tanto nerviosos. Incluso pensamos cuánto tiempo hubiéramos tenido que trabajar para pagar el rescate del helicóptero. Quienes prefieran no pasar por la incertidumbre, sepan que sobre la ruta 3, en el puerto de Healy, hay una réplica del bus que fue usada para la película.

DENALI & SEWARD

Nuestro derrotero alaskeño continuó rumbo sur, en el Parque Nacional Denali, que alberga el monte homónimo -hasta hace cuatro años conocido como McKinley-, el más alto de América del Norte. Este parque es, en sí, imponente. Alberga una gran diversidad de fauna y, entre los animales favoritos del público, están los osos grizzly y los alces. Se los ve todo el tiempo y es muy difícil no emocionarse. El único problema de este soberbio parque es que gran parte del recorrido debe hacerse en bus (con horario prefijado) y no en vehículo propio.

Por último, y para sentirnos en la Alaska marítima, llegamos a Seward, en la península de Kenai, donde los fiordos lucen igual que cuando los muestra Discovery Channel. Los glaciares abundan a la vuelta de cualquier montaña, los pescadores exhiben sus presas en el puerto y los salmones mueren mientras desovan a la orilla de cualquier río.

Alaska es inmensa, salvaje, inabarcable. Al igual que la Patagonia o Siberia, es de esos lugares en el mundo tan llenos de historias como de aventureros dispuestos a descubrirlas. Para despedirnos, este destino único nos regaló un espectáculo que suele reservarse para el invierno: una noche de auroras boreales.

 

 

Fuente:

La Nación

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