Hablar de Buenos Aires es, también, hablar de sus colectivos. No como un simple medio de transporte, sino como una parte inseparable de la identidad urbana. El colectivo nació en la ciudad el 24 de septiembre de 1928, cuando un grupo de taxistas empezó a ofrecer viajes compartidos con recorrido fijo para enfrentar la caída de pasajeros. Aquel experimento, surgido en plena crisis, terminó convirtiéndose en uno de los inventos más originales y perdurables del transporte argentino.

Con el paso de las décadas, ese vehículo improvisado fue dejando atrás la lógica del taxi colectivo para transformarse en un sistema masivo, organizado en líneas, recorridos y flotas cada vez más robustas. La evolución no fue solo operativa: también fue física. Los primeros coches, más cercanos a un automóvil adaptado, dieron paso a unidades más grandes, carrozadas específicamente para transportar pasajeros, con mayor capacidad, más estabilidad y una presencia cada vez más marcada en el paisaje porteño.
Pero en Buenos Aires el colectivo nunca fue solamente una máquina para ir de un punto a otro. También fue diseño, ornamentación y cultura popular. Durante décadas, su estética se volvió un sello de la ciudad: cromados, colores intensos, tipografías pintadas a mano y, sobre todo, el fileteado porteño, esa tradición decorativa que pasó de los carros a camiones y colectivos, hasta convertirse en una marca visual del mundo popular urbano. Con el tiempo, ese lenguaje visual ayudó a transformar al bondi en algo más que un vehículo: lo volvió un emblema cultural.

Después llegó otra transformación, menos visible en lo estético pero decisiva en lo técnico: la consolidación del diésel como energía dominante. Durante buena parte del siglo XX y comienzos del XXI, el colectivo porteño se identificó con el motor ruidoso, la vibración constante y el humo como parte del paisaje diario. Esa etapa permitió ampliar flotas, profesionalizar la operación y sostener el crecimiento metropolitano, pero también dejó en evidencia un costo ambiental cada vez más difícil de ignorar en una ciudad atravesada por millones de viajes por día. La Ciudad de Buenos Aires señala que por su territorio se mueven alrededor de 6 millones de personas por día y circulan unos 10.000 colectivos, en un sistema donde el transporte representa una de las principales fuentes de emisiones contaminantes.
Por eso, en los últimos años, la discusión dejó de centrarse solo en frecuencia, capacidad o recorrido, y empezó a incorporar con fuerza la cuestión energética. Buenos Aires avanzó con pruebas piloto para evaluar tecnologías de bajas emisiones, entre ellas buses eléctricos, unidades propulsadas a GNC y vehículos a biocombustibles. Según el plan oficial de movilidad limpia, esas pruebas se realizaron con buses eléctricos en la línea 59, con buses a GNC en las líneas 50 y 132, y con unidades a biocombustible en las líneas 91 y 132, con el objetivo de medir viabilidad técnica, operativa, económica y ambiental frente al diésel tradicional.

La aparición del GNC representa una etapa intermedia en esa transición. No supone una ruptura total con la lógica del motor térmico, pero sí una reducción del impacto ambiental y una búsqueda de costos operativos más eficientes. En términos de evolución, el GNC funciona como un puente entre el viejo colectivo diésel y la nueva generación eléctrica: conserva parte de la estructura tecnológica conocida por el sistema, pero introduce una lógica de renovación más sustentable. Esa lectura surge del propio enfoque oficial, que ubica a los buses a GNC dentro del programa de movilidad limpia como tecnología de transición junto a otras alternativas de bajas emisiones.
El salto más fuerte, sin embargo, llegó con la electrificación. En mayo de 2025, la Ciudad puso en marcha su primera línea de buses totalmente eléctricos, uniendo Parque Lezama con Plaza San Martín. Ese servicio fue presentado como el primer sistema 100% eléctrico local, con unidades silenciosas, accesibles y sin emisiones directas, pensado para una zona sensible del Casco Histórico y el Microcentro. Los vehículos tienen alrededor de 7 metros de largo, capacidad para unas 30 personas, una autonomía de aproximadamente 170 kilómetros y una velocidad máxima de 60 km/h.

Esa experiencia no quedó congelada en una prueba inicial. En enero de 2026, el eBus extendió su recorrido hasta Retiro, sumó paradas y pasó a conectar mejor áreas como San Telmo, Monserrat, San Nicolás, Parque Lezama, la Terminal de Cruceros y las estaciones ferroviarias de la zona. En paralelo, la Ciudad avanzó con el TramBus, un nuevo sistema eléctrico sobre neumáticos que ya tuvo pruebas piloto y que busca complementar la red actual con trazas transversales entre el norte y el sur porteño. El proyecto oficial prevé la implementación de la línea T1 hacia fines de 2026.

La transformación energética también arrastra una transformación en el diseño. El colectivo porteño clásico estaba pensado para resistir, cargar pasajeros y sobrevivir al uso intensivo. El nuevo colectivo, en cambio, además de eso, debe ser silencioso, accesible, digital y ambientalmente eficiente. Ya no alcanza con mover gente: ahora se valora también cuánto contamina, cuánto ruido genera, cómo se integra con otros modos y qué experiencia ofrece a bordo. Los nuevos buses eléctricos de la Ciudad fueron presentados justamente como unidades accesibles, de menor ruido y orientadas a una experiencia de viaje más cómoda y limpia.
Incluso el rediseño alcanza al entorno. La modernización de refugios, paradas e infraestructura urbana acompaña esta nueva etapa con criterios de mayor funcionalidad, visibilidad e integración. En otras palabras, la evolución del colectivo en Buenos Aires no pasa solo por el vehículo: también involucra el espacio público, la señalización, la información al usuario y la relación entre movilidad y calidad urbana.

Mirado en perspectiva, el recorrido del colectivo porteño resume buena parte de la historia de la ciudad: nació como respuesta práctica a una necesidad, se volvió símbolo popular, creció con el diésel, se embelleció con el fileteado y hoy entra en una nueva etapa marcada por el GNC, la electromovilidad y la descarbonización. Buenos Aires no dejó atrás al colectivo; lo está reinventando. Y en esa reinvención conviven todavía el recuerdo del bondi de motor ronco y pintura artesanal con la promesa de una ciudad donde el transporte público sea también más limpio, silencioso y moderno. Esa conclusión se apoya en la trayectoria histórica del sistema y en los planes oficiales que proyectan una expansión de tecnologías limpias en los próximos años.
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Club Famosos de Buenos Aires







