La electrificación del transporte público latinoamericano acaba de atravesar una barrera simbólica y, al mismo tiempo, estratégica: América Latina alcanzó los 10.000 colectivos eléctricos en operación.
El dato surge de las cifras consolidadas por E-Bus Radar y difundidas por C40 Cities y el International Council on Clean Transportation (ICCT). El hito fue presentado durante Lat.Bus 2026, realizada en São Paulo, y volvió a tomar relevancia internacional durante agosto.
En total, los vehículos eléctricos ya están presentes en más de 80 ciudades de 13 países latinoamericanos, una escala que muestra que esta tecnología comenzó a dejar de ser una excepción dentro de los sistemas de transporte público de la región.
Pero detrás del número aparece una característica decisiva: la electrificación todavía está fuertemente concentrada.
Santiago, São Paulo y Bogotá dominan el mapa eléctrico
Sólo tres ciudades —Santiago de Chile, São Paulo y Bogotá— concentran actualmente más de 7.000 colectivos eléctricos.
Es decir, reúnen más de dos tercios de toda la flota eléctrica latinoamericana.
El dato permite entender que el crecimiento regional no se produjo de manera uniforme. Por el contrario, estuvo impulsado principalmente por grandes sistemas urbanos capaces de desarrollar políticas de largo plazo, conseguir financiamiento y modificar los modelos tradicionales de adquisición y operación de los vehículos.
Santiago fue uno de los primeros grandes casos latinoamericanos de despliegue masivo, mientras que Bogotá convirtió la incorporación de colectivos eléctricos en uno de los pilares de la renovación de su sistema.
Ahora São Paulo acelera con fuerza y ya posee la segunda mayor flota eléctrica de América Latina.
São Paulo sumó 500 colectivos eléctricos de una sola vez
Uno de los movimientos más importantes de 2026 ocurrió precisamente en la ciudad brasileña.
Durante junio, São Paulo incorporó 500 nuevos colectivos eléctricos, llevando su parque hasta las 1.759 unidades.
La cifra incluye 1.570 vehículos eléctricos a batería y 189 trolebuses, convirtiéndola en la mayor flota eléctrica de Brasil y la segunda más importante de América Latina.
La magnitud de la incorporación también permite dimensionar cómo está cambiando la escala de los proyectos.
Hace apenas algunos años, la llegada de diez, veinte o treinta colectivos eléctricos podía presentarse como una experiencia pionera. São Paulo incorporó 500 unidades en una única entrega.
Ese cambio de volumen es probablemente una de las señales más importantes detrás del nuevo récord regional.
El secreto no está solamente en comprar colectivos
La experiencia de las ciudades líderes también demuestra que electrificar una flota no consiste simplemente en reemplazar un colectivo diésel por uno eléctrico.
Detrás de cada incorporación aparecen infraestructura de carga, disponibilidad energética, adaptación de depósitos, contratos de operación, financiamiento y planificación de recorridos.
En São Paulo, por ejemplo, la transición está acompañada por un programa de inversiones estimado en R$ 6.500 millones, combinando recursos nacionales e internacionales y la participación de organismos como el BNDES, el Banco Mundial y el Banco Interamericano de Desarrollo.
Además, la regulación municipal impide que los operadores sustituyan vehículos que llegan al final de su vida útil por nuevos colectivos diésel, generando un mecanismo progresivo de renovación hacia tecnologías de bajas o cero emisiones.
El modelo muestra uno de los puntos centrales de la transición energética: el costo inicial del vehículo no puede analizarse de manera aislada.
Para alcanzar grandes volúmenes se necesitan mecanismos capaces de distribuir inversiones y riesgos entre municipios, operadores, fabricantes, proveedores de energía y entidades financieras.
De los pilotos a una política de transporte
Los 10.000 colectivos eléctricos representan, por eso, algo más que una cifra.
Marcan el paso desde una primera etapa caracterizada por demostraciones y pequeños lotes hacia una segunda fase donde algunas ciudades comenzaron a electrificar partes completas de sus sistemas.
Desde 2019, iniciativas como la alianza ZEBRA, impulsada por C40 Cities y el ICCT, trabajan precisamente sobre uno de los mayores obstáculos para esa expansión: conseguir esquemas financieros que permitan absorber el mayor costo inicial de los vehículos y desarrollar proyectos de escala.
El trabajo incluye coordinación entre gobiernos, instituciones financieras y fabricantes, junto con nuevos modelos de contratación y financiamiento.
De acuerdo con la información difundida por C40 y replicada por medios especializados, la operación de las actuales flotas eléctricas latinoamericanas permitiría evitar más de 10 millones de toneladas de emisiones de CO₂ por año, según las estimaciones utilizadas por las organizaciones.
El próximo desafío: salir de las tres grandes ciudades
El récord también deja expuesta la otra cara de la electromovilidad latinoamericana.
Si Santiago, São Paulo y Bogotá concentran más de 7.000 de los 10.000 vehículos existentes, significa que decenas de ciudades todavía poseen flotas pequeñas o se encuentran en las primeras etapas de electrificación.
Y allí podría encontrarse la próxima fase de crecimiento.
Brasil ya tiene proyectos en marcha en ciudades como Salvador, Recife, Belo Horizonte y Río de Janeiro. En Recife, por ejemplo, se formalizó una inversión de R$ 319 millones para adquirir 100 colectivos eléctricos y desarrollar infraestructura de carga, mientras que Belo Horizonte prepara instalaciones para recibir aproximadamente otras 100 unidades.
La discusión regional comienza entonces a cambiar.
La pregunta ya no es solamente si un colectivo eléctrico puede funcionar en una ciudad latinoamericana.
Santiago, Bogotá y São Paulo demostraron que puede hacerlo a gran escala.
La cuestión ahora es cómo reproducir esos modelos en decenas de sistemas de transporte con estructuras económicas, regulatorias y operativas muy diferentes.
Una nueva etapa para el colectivo latinoamericano
El hito de los 10.000 vehículos confirma que la transformación tecnológica del transporte público regional ya comenzó.
Los motores diésel siguen representando la enorme mayoría del parque latinoamericano, pero la electromovilidad consiguió algo que parecía lejano hace apenas algunos años: pasar de decenas de unidades experimentales a miles de colectivos prestando servicio diariamente.
Y el dato más importante quizás no sea haber llegado a 10.000.
Es que las próximas incorporaciones ya no parten desde cero.
Existe experiencia acumulada, fabricantes, infraestructura, mecanismos financieros y ciudades que pueden funcionar como referencia.
América Latina ya tiene 10.000 colectivos eléctricos. El próximo desafío será determinar cuánto tiempo necesitará para llegar a los próximos 10.000.
Fuente: E-Bus Radar, C40 Cities e International Council on Clean Transportation (ICCT).







