A 28 años de la publicación de Último bondi a Finisterre, el título de aquel disco de Los Redondos adquirió un significado inevitablemente emotivo. Miles de seguidores viajaron desde distintos puntos del país para despedir en Avellaneda a Carlos “Indio” Solari, fallecido el viernes 5 de junio a los 77 años.
Durante décadas, los seguidores del Indio Solari recorrieron rutas, atravesaron provincias y abordaron trenes, micros y colectivos para participar de ceremonias multitudinarias que excedían ampliamente la definición convencional de un recital. Cada presentación de Los Redondos o de Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado se transformaba en una peregrinación.
Esta vez, sin embargo, el viaje tuvo otro destino.
Miles de fanáticos llegaron durante el fin de semana a Villa Domínico, en el partido bonaerense de Avellaneda, para despedir al músico en el Polideportivo Gatica. Las filas se extendieron durante varias cuadras y estuvieron acompañadas por banderas, camisetas, canciones, abrazos y lágrimas. El velatorio público había sido anunciado para el domingo 7 de junio y la familia anticipó que continuaría durante el tiempo necesario para que todos pudieran acercarse.
El viaje hacia el último adiós
En ese escenario, el título Último bondi a Finisterre apareció como una metáfora imposible de evitar.
Publicado el 18 de noviembre de 1998, el álbum representó uno de los cambios más profundos en el sonido y la estética de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota. La obra incorporó mayores recursos electrónicos, herramientas digitales y una atmósfera futurista que se alejaba parcialmente del sonido tradicional de la banda. Fue presentada en diciembre de aquel año con dos conciertos en el estadio de Racing Club, también en Avellaneda.
La idea conceptual del disco proponía un viaje capaz de atravesar la frontera entre el pasado y el futuro. Rocambole, responsable del arte, imaginó una especie de nave espacio-temporal que transportaba a la banda hacia un porvenir tecnológico, incierto y oscuro. El “bondi” del título no era solamente un colectivo: era un vehículo simbólico que avanzaba hacia el límite de lo conocido.
Finisterre, cuyo nombre puede interpretarse como “el fin de la tierra”, reforzaba aquella noción de frontera. Un punto final que, al mismo tiempo, podía convertirse en el comienzo de otra dimensión.
Veintiocho años después, el título cobró una nueva lectura.
Fanáticos de todo el país
La despedida del Indio volvió a mostrar la capacidad de convocatoria de una comunidad construida alrededor de sus canciones. Seguidores provenientes de Salta, Formosa, Córdoba, Rosario y numerosas localidades bonaerenses llegaron hasta Avellaneda para participar del último adiós. Uno de ellos recorrió alrededor de 1.600 kilómetros desde Formosa hasta la terminal de Retiro antes de continuar hacia Villa Domínico.
En las inmediaciones del polideportivo, el paisaje se parecía por momentos a la previa de un concierto: remeras, banderas, puestos de comida y canciones de Los Redondos reproducidas en parlantes. Pero también había velas, flores y una emoción contenida que marcaba la diferencia definitiva.
Sus canciones y frases presentes en colectivos porteños
Dentro de la capilla ardiente, los seguidores dejaron camisetas, banderas y prendas vinculadas con el músico. Durante los pocos segundos disponibles frente al féretro se mezclaron agradecimientos, cánticos y lágrimas. Afuera, los abrazos, los aplausos y las sonrisas entre recuerdos funcionaron como una forma colectiva de atravesar el duelo.
No era la concentración previa a una nueva misa ricotera. Era la despedida de quien había ayudado a construirlas.
De Racing a Villa Domínico
La geografía también aportó una coincidencia cargada de simbolismo. Último bondi a Finisterre fue presentado en 1998 en el estadio de Racing, en Avellaneda. La despedida pública del Indio volvió a reunir a su público en el mismo partido bonaerense, esta vez en el Parque Domínico.
Entre ambos momentos transcurrieron casi tres décadas de canciones, recitales, separaciones, regresos parciales y una carrera solista que mantuvo viva la conexión del músico con varias generaciones.
La convocatoria también confirmó que la cultura ricotera no se agotaba en el escenario. Funcionaba como una red de pertenencia: una identidad compartida entre personas de diferentes edades, ciudades y clases sociales que encontraron en las letras del Indio una forma de nombrar sus propios desencantos, deseos y contradicciones.
Por eso la fila no fue solamente una espera para ingresar a un velatorio. Fue una última peregrinación.
Un bondi que seguirá circulando
El fallecimiento de Carlos Solari marca el final físico de una de las figuras más influyentes del rock argentino, pero no necesariamente el cierre de su viaje cultural.
Sus canciones continuarán sonando en estadios, barrios, rutas, estaciones y colectivos. También permanecerán en las remeras, los tatuajes, las banderas y las historias de quienes alguna vez cruzaron el país para verlo cantar.
En 1998, Último bondi a Finisterre imaginaba una travesía hacia el futuro. En junio de 2026, ese mismo nombre parece describir el recorrido de miles de personas que llegaron hasta Avellaneda para despedirlo.
El Indio tomó su último bondi.
Sus canciones, en cambio, todavía tienen mucho recorrido por delante.
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