Chapitas y adoquines: las huellas mínimas de la memoria porteña

Buenos Aires se cuenta a sí misma de muchas maneras. Está en los balcones, en los colectivos, en los cafés de esquina. Pero hay una forma más silenciosa y persistente de narrarse: desde el piso. Basta con mirar hacia abajo para descubrir un archivo urbano hecho de adoquines gastados y chapitas de gaseosa aplastadas por el paso del tiempo.

Los adoquines son la memoria dura de la ciudad. Llegaron con otra Buenos Aires, más lenta, cuando los carros marcaban el ritmo y las ruedas hacían cantar la piedra. Están ahí desde hace décadas —a veces más de un siglo— sosteniendo veredas irregulares, calles que resisten al asfalto y barrios que se niegan a olvidar. Cada adoquín tiene cicatrices: lluvia, calor, frenos, pasos apurados. Son historia compactada.

Las chapitas, en cambio, son el presente. O mejor dicho, el instante que acaba de pasar. Una gaseosa abierta en una charla nocturna, una cerveza compartida en la vereda, un festejo improvisado. Brillan un segundo, ruedan otro, y terminan aplastadas contra el suelo, convertidas en pequeñas medallas urbanas sin nombre. No duran, pero aparecen siempre. Son descartables, como muchos gestos cotidianos, y por eso mismo reveladoras.

En general se veían mucho en las paradas de colectivos que tenían kioskos cerca de ellas. Esa clientela cautiva del poste de la parada del bondi, quedaba en evidencia por las «chapitas» de gaseosas, cervezas, o cualquier bebida que allí se ofreciera.

La imagen de los adoquines y los Mercecdes Benz 1114 en Buenos Aires fue una postal típica de época.

Entre las junturas del alquitrán, el asfalto o las uniones de los adoquines, iban quedando aplastadas y descoloridas. De a decenas se hundían en el olvido, pero a su vez, eran impronta de los transeúntes porteños.
Como diminutos fantasmas han ido desapareciendo mientras las calles eran asfaltadas y los envases de plástico reemplazaron a los de vidrio. Las chapitas fueron condenadas a la extinción.
El Metrobus, con su traza de hormigón es la modernidad, donde ya no se ve ven esas «chapitas» en las paradas (o como se mencionan ahora «Estaciones».

Aplastadas en el asfalto, estas pequeñas insignias, hoy extintas por el plástico, simbolizan un Buenos Aires más sencillo y paciente, evocando recuerdos de un tiempo más simple. 

  • Hitos urbanos: Las chapitas de botellas de vidrio funcionaban como señales características de la vida cotidiana porteña en las paradas de colectivos.
  • Conexión con el comercio: Evidenciaban la cercanía de kioscos y despensas que servían a los pasajeros.
  • Cambio tecnológico: El reemplazo del vidrio por el plástico provocó la desaparición de estas chapitas.
  • Nostalgia: La aparición fortuita de una antigua chapita conecta con un pasado más pausado y sencillo, recordando «las pequeñas cosas» mencionadas en las canciones citadas.

HISTORIA

Desde 1883, con la llegada del ferrocarril a Tandil, comenzaron a fabricarlos allí. En diez horas de viaje, estaban en Buenos Aires. Pero también vinieron otros cambios: además del granito también empezaron a producirlos con madera.

Según algunos historiadores a principios de 1900, Buenos Aires contaba con 424 cuadras de adoquín de madera y 1402 cuadras de adoquín de granito sobre base de arena.

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